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Cuatro formas de vivir el trabajo

Cuatro formas de vivir el trabajo
30/10 -Nota Destacada
En
Liderazgo / Coaching
Más allá del tipo de trabajo que uno tenga, sea en relación de dependencia o por cuenta propia, hay distintas formas de vivir el trabajo. Todas ellas están determinadas por nuestra actitud hacia él.
Hay gente que siempre se queja de todo lo que la rodea pero hace poco y nada para cambiarlo. Cambiar de actitud es primordial, y sobre todo entender que la gente es de determinada manera y nunca va a ser según nuestro gusto o interés.
 
Poco podemos hacer para cambiar a nuestro jefe o a nuestros compañeros de trabajo, a lo sumo si hay roces se puede conversar para limarlos lo máximo posible, pero no podemos moldear a los demás según nuestro gusto. Tampoco podemos hacer mucho para que varíen nuestras condiciones laborales. Sin embargo, nuestro grado de satisfacción e insatisfacción están más relacionadas con nuestra actitud más que con nuestras circunstancias.
 
En el primer grupo podemos ubica a quienes odian lo que hacen, pero no sólo por el tipo de tarea sino también por el dinero que reciben por hacerlo.
 
Frentea esta situación no intentan disimular lo que les pasa, enojados con el mundo, no intentan disimular su descontento. De todos modos consideran que son víctimas del sistema.
 
En el segundo grupo encontramos a quienes “cumplen con lo que hacen”. Ese es el perfil mayoritario en nuestra sociedad. En este caso, las emociones predominantes son la impotencia, la resignación o la indiferencia. En general no saben qué les gustaría hacer con su vida laboral, o tal vez no se animan a dar pasos en la dirección de sus sueños por miedo a salir de la zona de comodidad en la que llevan años instalados.
 
Durante su jornada laboral se dedican a cumplir con sus obligaciones laborales. Ni más ni menos. Sin embargo, la rutina termina alienándoles, marchitando su ilusión y consumiendo su energía vital.
 
Si pudieran permitírselo, no trabajarían. Conciben el trabajo como un trámite necesario para ganar dinero con el que pagar sus facturas. Suelen mirar el reloj mientras están en la oficina y su mayor deseo es que llegue el viernes para poder desconectar.
 
Al llegar las vacaciones, quieren hacer tantas cosas que las terminan viviendo con estrés y ansiedad. Y una vez de vuelta a la rutina laboral, casi todos sufren el denominado “síndrome posvacacional”.
 
Si bien se asocia el trabajo con el cumplimiento del deber y por el tipo de sociedad en la que vivimos debemos trabajar para percibir un ingreso que nos permita mantener nuestras necesidades satisfechas, es cierto que la actitud que uno imprime al trabajo hace que la forma de verlo y pensarlo varíe notoriamente de caso a caso.
 
El tercer caso de actitud tiene que ver con aquellos que disfrutan de lo que hacen, consideran que es altamente valioso y que lo suyo es un aporte a la sociedad.
 
En este grupo se encuentran quienes “aman lo que hacen”. Esto tiene que ver con la actitud y no el tipo de trabajo. Es decir, en este grupo están aquellos que, a pesar de no dedicarse a su profesión soñada, tratan de poner al mal tiempo buena cara. De hecho, se caracterizan por la energía positiva que desprenden mientras trabajan. Y no precisamente porque ejerzan tareas divertidas.
 
Las personas que aman lo que hacen cuentan con una desarrollada inteligencia emocional. Saben cómo convertir los problemas laborales en oportunidades de aprendizaje. En vez de quejarse o protestar por lo que les falta o por lo que no tienen, suelen valorar y agradecer aquellas cosas provechosas que les aporta actualmente su trabajo.
 
Como consecuencia de este cambio de actitud, irradian un buen humor contagioso,creando a su alrededor un clima agradable, que además revierte en su propia satisfacción. De manera natural, fomentan relaciones basadas en la confianza y la complicidad. Están a gusto consigo mismas y con su vida profesional. Y así es como suelen sentirse aquellos con los que interactúan, sean jefes, compañeros, clientes o proveedores.
 
Finalmente está el cuarto grupo que es el conformado por aquellos que “hacen lo que aman”.En este colectivo se encuentran quienes se han alineado con una misión y un propósito que va más allá de ellos mismos. Es decir, aquellos que desarrollan una actividad útil, creativa y con sentido, que verdaderamente contribuye a mejorar la vida de los demás. Se nota que respetan el trabajo que han escogido y hablan de él con pasión y entusiasmo.
 
Las personas no deciden movidas por la lógica ni la razón. Por el contrario, sus opciones son fruto de escucharse a sí mismas. Así, la palabra “vocación”procede del verbo latino vocare, que significa “una llamada que viene desde nuestro interior para poner nuestra voz en acción”. Al seguir nuestra vocación, lo que hacemos en la vida se convierte en un fiel reflejo de quienes hemos descubierto que somos. Y el 100% de las veces nos conecta con valores como el altruismo y la generosidad.
 
Hacer lo que se ama está vinculado con el descubrimiento y el desarrollo de los talentos innatos. De hecho, es una inmejorable oportunidad para desplegar el potencial que reside en cada uno. Tanto es así que estas personas no conciben su función profesional como un trabajo. Para ellas, no tiene sentido hablar de horarios. De hecho, ninguna siente que trabaja. Y sin importar el dinero que ganen, se sienten inmensamente ricas.
 
Aunque no lo han buscado, suelen disfrutar de una cierta abundancia económica, la cual nunca es un objetivo en sí mismo, sino que siempre viene como resultado de su contribución a la sociedad. Curiosamente, estas personas se sienten afortunadas y agradecidas por el aprendizaje derivado de todo lo que han experimentado a lo largo de la vida, especialmente de los hechos más adversos y dolorosos.Principalmente porque han sido los que han necesitado para descubrir su lugar en el mundo.
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